Un sauvignon blanc donde llevan siglos haciendo vino

Señorío de Zafra 2025 Blanco

Colmenar de Oreja (Vinos de Madrid)

Hay bodegas que conoces catando sus vinos. Y otras que, sin pretenderlo, acaban formando parte de tu propia historia.

A Bodegas Figueroa llegué hace casi quince años buscando quién pudiera elaborar una idea bastante peculiar: un vino propio que acabaría llamándose El Más Chulo de Madrid. La foto  me recuerda que con la edad deja cargas en el camino y su mochila procura que sea más ligera. En Vinos de Madrid me dijeron que no se podía poner en una etiqueta un nombre castizo. 

Elegí esta bodega de Colmenar de Oreja en su momento y ahora porque Madrid es una de las capitales europeas que tiene viña a su alrededor. Y un gran trabajo para convencer a los hosteleros de la riqueza de sus vinos.

Y regresar tantos años después me ha permitido entender mejor por qué.

Una bodega que no necesita hacer ruido

Figueroa tiene algo que cada vez valoro más: la naturalidad de quien sabe hacer las cosas sin necesidad de aparentarlo.

Recibe visitantes que llegan hasta Colmenar y salen sorprendidos por la cercanía y sencillez de la experiencia. Pero detrás de esa aparente normalidad hay oficio, reconocimientos, elaboración para otros proyectos y, sobre todo, una curiosidad que ha permitido a la familia seguir evolucionando.

Trabajan 25 hectáreas de viñedo propio y cultivan variedades blancas como moscatel de grano menudo, malvar, macabeo y sauvignon blanc, además de tempranillo, merlot, syrah y cabernet sauvignon entre las tintas.

Me interesa esa convivencia.

Porque seguir una tradición no consiste necesariamente en repetirla.

Seguir la estela del vino

Para comprender Figueroa hay que mirar también dónde estamos.

Colmenar de Oreja forma parte de la subzona de Arganda de la D.O. Vinos de Madrid. Es un paisaje de origen sedimentario en el que aparecen calizas y carbonatos, margas y suelos franco-arcillosos, entre vegas, terrazas, laderas y los páramos característicos del sureste de Madrid.

Pero bajo esos suelos hay también memoria.

En el territorio próximo a Colmenar se han encontrado instalaciones destinadas a la elaboración del vino utilizadas desde aproximadamente el siglo I a. C. hasta comienzos del IV d. C.

Muchos siglos después, el vino acabaría entrando literalmente en las casas del pueblo. Colmenar llegó a contar con alrededor de 150 casas con bodega y cueva, donde las familias elaboraban y conservaban sus vinos.

Grabado de Ulpiano Checa, uno de los grandes pintores del XIX en el Museo de Colmenar

Y junto al vino apareció otro oficio extraordinario: hacer los recipientes que lo guardaban, como los abuelos de Jesús Figueroa. Lo primero que resuena de esta historia es lo que te dice orgulloso Jesús y su familia: «somos la septíma generación».

La localidad desarrolló una importante tradición de grandes tinajas de barro, con decenas de hornos funcionando en sus mejores momentos. Aquellas tinajas salieron de Colmenar hacia bodegas de diferentes lugares de España e incluso cruzaron el Atlántico.

En el siglo XIX, Colmenar era ya un importante centro productor y sus vinos llegaron a obtener reconocimientos dentro y fuera de España.

Después llegaron la filoxera, las guerras, el abandono del campo, las cooperativas, los nuevos mercados y todas las transformaciones que han ido modificando el vino español.

Pero la estela permanece.

¿Y un Sauvignon Blanc aquí y cia? Sí.

Precisamente por eso lo he elegido.

No porque el mundo necesite descubrir el Sauvignon Blanc bien mezclado con el añadido floral de la moscatel de Jesús. Es una de las variedades blancas internacionales más reconocibles y su expansión en España ha sido evidente. El cupaje de ambas uvas nos recuerda la maestría de combinar con acierto y equilibrio tanta experiencia, tanta vida.

Lo interesante es descubrir qué ocurre cuando cambia de coordenadas. Y Madrid cambia de coordenadas.

Cuando una variedad que creemos conocer se planta en los suelos calizos del sureste de Madrid. Cuando detrás de ella hay una familia acostumbrada a trabajar tanto con variedades tradicionales como con otras llegadas de fuera.

Este blanco me parece una buena metáfora de Figueroa: raíces sin inmovilismo. Porque la calidad en este vino como en sus otros vinos viene de la prueba error en el viñedo, de los cupajes exactos, de afinar, de la seriedad en la elaboración.

No pretende disfrazarse de vino revolucionario. Es elegante, limpio, fácil de disfrutar, con la complejidad necesaria que le da los tres meses en madera. Y cuando miras su precio vuelves a comprobar algo que me interesa especialmente como catadora: valor y precio no siempre viajan juntos.

Su precio es casi de risa. La botella, un regalo. Sus premios, de órdago: Premio Bacchus de Oro 2025, Mejor Blanco de la Comunidad de Madrid 2025. Los premios en consenso demuestran un gusto común y una palmadita en la espalda en una bodega donde el marketing se esconde debajo de la alfombra porque lo que importa es el legado, siete generaciones. Siete.

Las coordenadas de mi brújula

Viajes de un Catador no nace para perseguir necesariamente los vinos más raros, caros o inaccesibles.

Me interesa otra clase de descubrimiento.

Productores que guardan conocimiento. Lugares que hemos dejado de mirar. Botellas que cuentan mejor un territorio de lo que indica su precio. Personas capaces de continuar lo recibido y, al mismo tiempo, cuestionarlo.

Por eso el primer viaje me devuelve a un lugar cercano en el que ya estuve hace quince años.

Y quizá eso también sea viajar: volver a un lugar conocido y descubrir que todavía no lo conocíamos del todo.

 

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