Solo 100 2023 Tinto
Venta d’Aubert. Cretas, Matarraña (Vino de mesa)
Hay lugares a los que uno llega.
Y otros que se quedan esperando a que vuelvas.
El Matarraña fue uno de mis primeros viajes del vino y terminó convirtiéndose en una de mis zonas favoritas. Quizá porque entonces todavía tenía algo de secreto. Había que ir hasta allí. Carreteras sin estación de sericio, pueblos de piedra, olivos, almendros, bosques, montañas. Y esa sensación —muy poco española y bastante toscana— de que el paisaje había aprendido a vivir sin hacer demasiado ruido.
En la carretera entre Arnes y Valderrobres, en el kilómetro 28, estaba Venta d’Aubert… Un caserío a unos 580 metros de altitud, en un territorio poco poblado, sin industria, de inviernos fríos, veranos calurosos y vientos fuertes. Un lugar exigente para vivir, pero precisamente por eso interesante para cultivar.

Cuando llegué allí por primera vez, todavía podía sentirse claramente que aquella bodega había nacido de una decisión bastante poco convencional. Venta d’Aubert había permanecido abandonada durante años.
En 1986, el matrimonio suizo formado por Ruth Brandestini y Hanspeter Mühlemann decidió recuperarla. La finca tenía entonces más de 80 hectáreas, ocupadas principalmente por olivos y avellanos, con apenas algunas viejas cepas de Garnacha Blanca. Me acogieron, descubrí una manera de ver el vino español desde el silencio, el respeto y el profundo amor al paisaje y el arte.
El profesor y enólogo José Luis Pérez, posteriormente ligado a Clos Martinet y a la revolución cualitativa del Priorat, consideró que las condiciones climáticas y del suelo podían ser especialmente adecuadas para la vid y aconsejó nuevas plantaciones.

Ese famoso viognier de guerrilla de Teruel
Sobre aquellos suelos arcillo-calcáreos empezaron a aparecer Garnacha, Syrah, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot, Chardonnay, Viognier y Monastrell. Ese viognier que se lo quitaban de las manos, una joya del Ródano con carácter de Aragón.
En 1995 se construyó una nueva bodega y en 2001 volvió a ampliarse.
Y algo bastante singular comenzó a suceder allí.
Venta d’Aubert producía vinos en el Bajo Aragón, pero miraba hacia fuera. Buena parte de la producción se exportaba y la bodega trabajaba con el enólogo alemán Stefan Dorst, un profesional con experiencia internacional.
Años después he vuelto a encontrarla. Pero la bodega también ha hecho su propio viaje.
Y eso es precisamente lo que me interesa de esta historia décadas después.
Otros viajeros volverían a mirar este mismo paisaje y encontrarían en él no solo vino, sino también arquitectura, arte y cultura contemporánea.
Quizá esa sea una de las claves secretas de Venta d’Aubert: siempre ha sido un lugar visto desde fuera y reinterpretado desde dentro.

El paisaje manda
La finca está situada junto a los Puertos de Tortosa-Beceite, en una zona de transición entre la influencia mediterránea y continental. Hoy Venta d’Aubert conserva 18 hectáreas de viñedo de pequeña producción y un entorno mucho más amplio de bosque, olivares y naturaleza. La certificación ecológica llegó en 2013 y el trabajo actual incorpora prácticas de regeneración del suelo y preservación de la biodiversidad.
Es una tierra de transición.
Y quizá por eso admite tan bien las mezclas.
Ese clima de contrastes sigue siendo fundamental.
Calor durante el día.
Frescura nocturna.
Viento.
Suelos pobres.
Bosque mediterráneo alrededor.

Garnacha y Monastrell conviven con Syrah, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot, Chardonnay o Viognier. No parece existir demasiada obsesión por demostrar qué debería ser el Matarraña. Más bien por descubrir qué puede llegar a ser.
La propiedad conserva 18 hectáreas de viñedo de pequeña producción, certificado ecológico desde 2013, dentro de un entorno de unas 200 hectáreas de bosque, olivares y naturaleza. La agricultura busca preservar biodiversidad y regenerar los suelos.
Eso también se percibe aquí: el viñedo no ocupa el paisaje.
Forma parte de él.

Una Venta que vuelve a ser lugar de encuentro
Hay algo especialmente bonito en el nombre.
Una venta era históricamente un lugar donde detenerse durante el viaje. Comer, beber, descansar, encontrarse con otros antes de continuar el camino.
Los actuales responsables han recuperado esa idea de una forma completamente contemporánea.
Desde 2022, Venta d’Aubert forma parte del universo creado en el Matarraña alrededor de Albarrán Bourdais, Solo Houses y Solo Sculpture Trail. Eva Albarrán y Christian Bourdais comenzaron Solo Houses en 2010 invitando a arquitectos contemporáneos a proyectar viviendas sin apenas restricciones creativas. Después llegaron las esculturas. Y la bodega terminó incorporándose a ese territorio cultural.

Hoy puedes encontrarte viñas, encinas y olivos junto a obras de Christian Boltanski, Claudia Comte, Mona Hatoum, Héctor Zamora, Olivier Mosset, SUPERFLEX o Iván Argote, entre otros artistas.
Y ahí aparece una idea que me interesa especialmente: el vino no tiene por qué vivir únicamente dentro de la cultura del vino.
Puede conversar con la arquitectura.
Con el arte.
Con el diseño.
Con la forma contemporánea de viajar y mirar un paisaje.
Quizá ahí haya también alguna pista para su futuro.

Lo que vi
Una bodega que no intenta competir con el arte que la rodea.
Ni convertirse artificialmente en una galería.
Hace algo más interesante: deja que todo conviva.
La propia identidad de los vinos parte de esa filosofía.
Aquí el diseño no parece un envoltorio añadido al vino.
Forma parte de la manera de entenderlo.

Y bebí un tinto: SOLO 100 2023
No tiene denominación de origen. Tampoco parece necesitar demasiadas credenciales para explicar de dónde viene.
Es una mezcla de 45 % Garnacha, 45 % Syrah y 10 % Monastrell, procedentes de viñedos de Cretas. Se elabora con una intervención contenida: menos de treinta días de maceración y seis meses entre barrica y acero inoxidable, sin clarificar ni filtrar. La producción de esta añada fue de 9.250 botellas. La crítica lo ha puesto 92 puntos Guía Peñín.
La propia bodega le ha puesto un paisaje como definición:
“Laderas escarpadas”. Y funciona porque nos lleva bebiendo a la montaña.
Hay fruta roja, hierbas mediterráneas, romero, tomillo, cierta rusticidad y una frescura que evita que el vino se vuelva pesado. Tiene algo directo, jugoso y ligeramente agreste.
No pretende impresionar.
Me gustan esos vinos que refrescan que piden otra copa.
Lo que aprendí
Volver a Venta d’Aubert muchos años después me hizo pensar en algo: El legado no consiste en dejar las cosas como estaban.
Consiste en entender qué merece permanecer y encontrar una nueva manera de hacerlo relevante para importar.
Aquí permanecen el viñedo, la Venta, los bosques, los almendros, los olivos y las montañas.
Pero alrededor de ellos han aparecido arquitectura contemporánea, esculturas, diseño y nuevas formas de beber y relacionarse con el territorio.
No han convertido el pasado en museo. Todo ha cambiado.
Y, sin embargo, el lugar sigue siendo reconocible.