Colmenar de Oreja lleva el vino escrito en su paisaje desde hace siglos. En su entorno existen vestigios de elaboración vinícola desde época romana y, mucho después, el vino llegó literalmente al interior de las casas, con alrededor de 150 bodegas y cuevas familiares. El pueblo fue también un importante centro productor de las grandes tinajas destinadas a elaborar y conservar vino. Sobre este paisaje de calizas, margas y suelos sedimentarios del sureste madrileño, Figueroa continúa trabajando sus propios viñedos generación tras generación.
Una Sauvignon Blanc con moscatel que conocemos bien de Rueda o de Australia encuentra aquí otras coordenadas. Un blanco elegante, franco y enormemente disfrutable, con una relación entre precio, paisaje y elegancia que cuesta creer cuando ves la botella.